Solos frente al espejo: Salud mental, adolescencia y la cuestión social

PROYECTO FONDO DE MEDIOS  

“Educación, Salud y Medio Ambiente una estrategia para la prevención”

COLUMNA DE OPINIÓN

Javier Ortiz Garrido

Ser humano, Psicólogo de la Universidad de Valparaíso y miembro de la Sociedad Chilena de Psicología Clínica y Psicoterapia, miembro del g7 mil millones

https://www.linkedin.com/in/psjavierortiz/

Al momento de escribir esta columna pienso en lo que pueda aportar a la discusión en Salud Mental en la adolescencia sin llenar de más artículos sobre tratar el sufrimiento psicológico humano como meramente un tema a “gestionar” individualmente. Una mirada distinta y sugerente la tomo de la socióloga Doris Cooper Mayr (2005) que señala “Muchos seres humanos sufren pensando que son víctimas solitarias del destino, pero la realidad es que con certeza muchos otros están sufriendo solos también, sin enterarse de que se trata de problemas sociales”.

Entender a la adolescencia como una etapa de enormes cambios cualitativamente distinta de la infancia y la futura adultez, en términos físicos y psicológicos, es importante para saber las características de esta población y qué elementos debemos tener en cuenta en el abordaje de la salud mental. Es una etapa de dramáticos cambios físicos y psicológicos en que en pocos años la persona sale del mundo infantil para prepararse para la vida adulta. Desde lo psicológico es una etapa de exploración, desarrollo de la autonomía, de predisposición al aprendizaje, ensayo y error, dónde los pares adquieren enorme importancia en la seguridad del despliegue hacia el exterior. En términos neurobiológicos sus cerebros están diseñados para una mayor sensibilidad a la recompensa por lo que están más prestos a asumir riesgos. Sus experiencias serán importantes en la configuración de su personalidad y en la futura vida adulta. En términos sociales la formación de grupos con identidades marcadas, intereses y acciones hacia la comunidad es también característico. Es un periodo de enorme potencial y aprendizaje pero también de inmensos riesgos. Muchos de los “desórdenes” de salud mental realizan su aparición en esta etapa de la vida. A modo de ejemplo, según un informe de la OMS el suicidio ya en el año 2005 se convertía en la tercera causa de muerte a nivel mundial entre jóvenes de 15 a 24 años (OMS, 2005).

Por otra parte el concepto de salud mental es un concepto que como su nombre lo dice es definido desde el ámbito sanitario y se entiende como “un estado de bienestar en el cual cada individuo desarrolla su potencial, puede afrontar las tensiones de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera, y puede aportar algo a su comunidad” (OMS, 2022). No obstante, es un concepto debatible por referirse al bienestar con una carga de asepsia social y cultural, enmarcándonos de plano en el modelo médico-psiquiátrico, de enfermedad, de un experto y un paciente, para el abordaje y tratamiento de los fenómenos a los que queremos aludir con ello. Por supuesto lo anterior no echa por tierra la enorme literatura científica que da cuenta de los constructos desde el ámbito de la salud, y por lo tanto de su impacto material y concreto en nuestras vidas, pero si nos hace conscientes de su carga cultural, histórica y política, y que puede ser una de varias formas (discusión aparte si acaso la más preferible) de abordar dichos fenómenos. Dicho lo anterior, y sin salirnos del modelo sanitario es la misma OMS la que en su enfoque de “Determinantes sociales de la salud” la que establece la incidencia de variables sociales en la salud de las personas (OMS, 2009) lo que significa que son las poblaciones más precarizadas las que sufren mayor carga de mortalidad y morbilidad asociada, incluyendo por supuesto el ámbito de la salud mental.

Hacer el cruce entre estos dos conceptos implica entender que los fenómenos que en la vida moderna conceptualizamos como salud mental y adolescencia tienen una fuerte residencia en el modo particular de vida que tenemos como sociedad y recíprocamente en el modo de dar cuenta de los fenómenos que nos afectan, pues si lo vemos de una determinada manera también lo tratamos coherentemente con aquello. Implica no desconocer que incluso desde el enfoque sanitario el malestar subjetivo, como la depresión o la ansiedad por ejemplo, es más prevalente y tiene un peor curso en los estratos sociales más precarizados, siendo el acceso a los recursos de prevención, tratamiento y apoyo social más escaso, convirtiendo a la población adolescente en un grupo altamente vulnerable por sus características anteriormente mencionadas. No obstante, claro está que el sufrimiento humano no es exclusivo de una condición social.

Si los elementos sociales adquieren gran importancia como efectivamente señala la investigación psicológica y sanitaria ¿Es correcto tratar solamente a la salud mental como un aspecto a “gestionar” individualmente? ¿Son las condiciones de vida que rodean a los adolescentes importantes en la aparición de los “desórdenes” de salud mental que conocemos hoy en día? ¿No deberíamos tener en primer lugar un enfoque de comunidades y metodologías acordes tanto para la prevención y tratamiento de los problemas de la salud mental adolescente? ¿No adquiere la formación de ciudadanía, sentido de comunidad y pensamiento crítico social y cultural, sobre las condiciones materiales de la existencia de los jóvenes adolescentes y sus familias una prioridad alta para la superación de estos condicionantes? ¿Más allá del papel son coherentes y sostenidos las acciones respecto al abordaje de la salud mental que se desarrollan en centros educativos y de salud? Mientras no pensemos en profundidad esto estaremos limitados a vernos solos frente al espejo ante nuestro sufrimiento y “gestionar” con las abundantes herramientas que nos ofrecen hoy un ejército de profesionales y no profesionales “nuestro” malestar.

Este Proyecto es financiado por el Fondo de Medios de la Secretaría General de Gobierno y el Consejo Regional de O’Higgins

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