Una despedida que se convirtió en homenaje
Hay momentos en la vida que uno imagina de una manera y termina viviendo de otra, mucho más hermosa de lo esperado. Eso fue lo que me ocurrió a mí, y a mi colega Mónica, cuando la Escuela Especial de Santa Cruz decidió celebrar el término de nuestra vida laboral con una ceremonia que jamás olvidaremos.

Después de 4 décadas dedicados a formar a niños y adolescentes en el arte de nuestro folclor chileno, llegar al final de ese camino podía sentirse, para muchos, como un cierre silencioso. Pero la comunidad de la Escuela Especial de Santa Cruz decidió que no sería así. Nos regalaron una despedida cargada de cariño, de gratitud y de memoria compartida: palabras de directivos, de colegas y, sobre todo, de los niños y niñas con quienes tuvimos el privilegio de trabajar.
Quiero agradecer, en primer lugar, a la comunidad del establecimiento por organizar este homenaje con tanto detalle y sentido humano. Agradezco también a cada docente, asistente y funcionario que se tomó el tiempo de preparar palabras, recuerdos y gestos que hablan de una escuela que entiende que la educación especial no es solo un trabajo, sino una vocación que se construye en equipo, día a día.
A mi colega Mónica Duque, con quien compartí gran parte de este camino, gracias por tantos años de trabajo conjunto, de aprendizajes mutuos y de compromiso silencioso con cada estudiante que pasó por nuestras manos.
Y a los niños y niñas de la escuela: ustedes fueron, sin saberlo, nuestros mejores maestros. Cada avance, cada sonrisa, cada pequeño logro fue el verdadero sentido de estos años de trabajo.
Cerrar una etapa laboral rodeado de tanto afecto es un privilegio que no todos tienen. Por eso, a través de estas líneas, quiero dejar constancia pública de mi gratitud hacia la Escuela Especial de Santa Cruz, su comunidad educativa y todas las personas que hicieron de este cierre un verdadero comienzo de nuevos recuerdos.
Con cariño y gratitud,
Patricio Cubillo Ávila

