Bienvenido
Por Manuel Roberto Lira
No solo quienes nacen en un lugar son verdaderamente hijos de ese terruño; también lo son aquellos que, sin haber visto la luz allí, construyen historias, tejen lazos, cultivan amistades y dejan obras que perduran en el tiempo. Su legado, muchas veces silencioso, permanece arraigado en la memoria colectiva. Un hijo —adoptivo— de nuestro Santa Cruz es el padre Juan Carlos Urrea.
Tuve la oportunidad de conocerlo tras uno de los momentos más difíciles que ha enfrentado nuestro país: el terremoto del 27 de febrero de 2010. A pocos días de aquella tragedia que trajo consigo dolor, destrucción y profunda tristeza, recibí inesperadamente un llamado telefónico del padre Juan Carlos. En él, me invitaba a sumarme a la titánica tarea de reconstrucción del templo parroquial.
Confieso que quedé sorprendido. No tenía contacto previo con él ni compartíamos círculos cercanos. Sin embargo, al parecer había llegado a sus oídos el trabajo que, junto a un grupo de amigos, realizábamos a través de la Fundación CORPAS, una organización dedicada a la ayuda social. Evidentemente, algo habíamos hecho bien, porque confiar en alguien desconocido para emprender una obra de tal magnitud no es una decisión menor.
Así, de manera tan simple como significativa, comenzó mi vínculo con el padre Juan Carlos Urrea: un hombre de carácter firme, disciplina ejemplar y gran capacidad de liderazgo. Pero, por, sobre todo, un hombre de convicciones profundas, convencido de que es posible sobreponerse a la adversidad y alcanzar metas que parecen inalcanzables.
Fue bajo ese espíritu que se gestó y concretó la reconstrucción del templo parroquial de Santa Cruz, un espacio que, más allá de credos religiosos, representa un símbolo de identidad para todos los santacruzanos. Hoy, este edificio embellece nuestro barrio cívico y se ha convertido en una postal obligada de la ciudad, junto al tradicional carillón y la renovada Plaza de Armas.
Su paso por nuestra comuna no solo dejó una obra material, sino también una enseñanza: que la fe, el trabajo en comunidad y la determinación pueden transformar realidades. Muchos vecinos aún recuerdan su cercanía, su energía y su permanente disposición a escuchar y ayudar.
Por eso, es motivo de alegría que, en esta Semana Santa, este querido sacerdote regrese -aunque sea por un breve tiempo- a nuestra tierra para dirigir la liturgia en la Parroquia Jesús Buen Pastor. Su visita no solo renueva la fe de muchos, sino también la gratitud de una comunidad que no olvida a quienes han dejado huella en su historia.
